B. abrió el cajón del armario. Se detuvo durante un momento observando las prendas que debía escoger y durante un momento dudó entre blanco o negro. Pensó que el blanco era símbolo de pureza. Extendió la mano y delicadamente separó las piezas amontonadas. Colocó con pulcro orden toda la ropa sobre la cama, como si de un personaje sin cuerpo se tratara y se tendió a su lado. B. desnuda y su piel vacía junto a ella. Meditó por última vez, decidió que ya no había vuelta atrás y se vistió con la delicadeza de quien viste a un muerto.
Bajó las escaleras y encendió la luz del garaje. Todo estaba en perfecta calma, como si la tormenta no hubiese llegado hasta allí, como si por un momento el infierno se hubiese detenido a las puertas de aquella casa. B. cortó un trozo de manguera y lo conectó del tubo de escape del coche hasta la ventanilla, revisó todas las puertas, entró y conectó el motor. La niebla comenzó a bañar el interior del coche, respiró y permitió sin resistencia que invadiera sus pulmones. Reclinó el asiento y comprobó que aún tenía sangre en las manos.
Archivado bajo: Relatos | Etiquetado: microrelatos, polaroids







