• La perversión de la imagen como disfunción lúdica. Psicotronía, caspismo, nihilismo y puterío fino. Poca cosa más encontrarán en este lar. OTROS BLOGS DE CONDICIONES ADVERSAS enlace_armadas ARMADAS Y PELIGROSAS

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POLAROIDS DESDE EL INFIERNO (6) “EL ACCIDENTE”

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S. notó el fuerte golpe en el lateral derecho de su coche. Hundió el pie en el freno y la inercia la arrastró cien metros hacia la cuneta. Agarró con fuerza el volante. Su cuerpo estaba rígido, se negaba a abrir la puerta y comprobar lo sucedido. Pensó que aquello que había atropellado bien podía haber sido un animal, un perro quizás, al que los faros del coche hubiesen deslumbrado.

S. abrió las manos, se quitó el cinturón de seguridad y puso los pies sobre el suelo. Comprobó que no había otros coches, la carretera estaba aislada del exterior, nadie pasaba por allí. Desandó los cien metros que la separaban del accidente y comprobó como sus peores augurios se cumplían. Sobre el asfalto yacía el cuerpo de un hombre joven. No presentaba demasiadas contusiones, quizás fue un estúpido golpe en la cabeza lo que le hizo perder la vida. S. se sentó sobre su pecho, le limpió la cara, acarició su cabeza, le besó en los labios y durmió con él toda la noche.

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POLAROIDS DESDE EL INFIERNO (5) MÖBIUS

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T. Abrió los ojos al escuchar el fuerte estruendo. La oscuridad invadía la habitación, estaba desorientada, perdida. Aquella no era su casa y tampoco sabía como había llegado hasta allí. Palpó las paredes hasta encontrar un lugar por el que salir, pronto descubrió una puerta que le condujo al distribuidor de la casa. Tanteó entre las habitaciones vacías hasta encontrar una salida al exterior. En la calle se apelmazaba un buen grupo de gente que en silencio miraban hacia el suelo. T. se quedó atónita al comprobar el inmenso agujero que había aparecido en la calle, creando un círculo perfecto, de paredes completamente lisas que se perdían en el infinito. El vacío produjo en T. una extraña atracción erótica y rápidamente notó la necesidad de acercarse hacia el borde del abismo. Desplazó la linealidad de su figura hacia el frente y se dejó caer para volver a empezar.

POLAROIDS DESDE EL INFIERNO (4) JUSTICIA CIEGA

 

S. Tuvo suficiente después de la última paliza. Las anteriores le habían provocado tres abortos, además de numerosas contusiones y fracturas. Esta vez una fuerte patada le había hecho perder el ojo izquierdo. Literalmente explotó por el impacto de la bota de L. su verdugo, el eterno ejecutor. L se sorprendió por la sangre derramada, abrió la puerta y bajó las escaleras para continuar ahogando la vida en el bar más cercano. S. salió arrastrándose y los vecinos llamaron a una ambulancia. Mientras L. continuó esperando el regreso de S. para descargar su ira.  

 Un mes más tarde S. salió del hospital. Sabía que no podía poner una denuncia, en el mismo momento en que saliera de la comisaría, la mano ejecutora de su verdugo sería más rápida que la justicia. S. tenía que acabar con L. para poner fin a la pesadilla. Decidió comprar un arma. Sabía donde conseguirla, le habían hablado de un okupa, que tras un forcejeo con un policía se hizo con una Walter de 9mm. Los vítores y aplausos en la casa ocupada al comprobar el trofeo, no tardaron en transformarse en miedo por aquel objeto que empezaba a quemarle en las manos. Así que por 60 euros, S. se llevó la justicia en el bolsillo de los pantalones.

 Corrió hacia la misma casa que le había visto perder el ojo izquierdo, las mismas paredes que habían escuchado el crujir de sus huesos. Se adentró en la habitación y allí estaba su ejecutor. Desnudo sobre la cama. Inmerso en un profundo coma etílico. S. ató las extremidades de su verdugo al camastro mediante unas bridas. Sacó la Walter de su bolsillo y comprobó que el cargador contenía los ocho cartuchos. Quitó el seguro, se sentó sobre el pecho de L. y empujó el cañón de la pistola hasta lo más hondo de su garganta. Una profunda nausea le despertó del sueño, y el frío provocado por la muerte inminente le heló el vómito. S. y L. sabían que el juego había cambiado de manos. El verdugo era ahora víctima. Durante un instante se miraron, se abrazaron y lloraron juntos.

POLAROIDS DESDE EL INFIERNO (3) LA NIEBLA

 

B. abrió el cajón del armario. Se detuvo durante un momento observando las prendas que debía escoger y durante un momento dudó entre blanco o negro. Pensó que el blanco era símbolo de pureza. Extendió la mano y delicadamente separó las piezas amontonadas. Colocó con pulcro orden toda la ropa sobre la cama, como si de un personaje sin cuerpo se tratara y se tendió a su lado. B. desnuda y su piel vacía junto a ella. Meditó por última vez, decidió que ya no había vuelta atrás y se vistió con la delicadeza de quien viste a un muerto.

Bajó las escaleras y encendió la luz del garaje. Todo estaba en perfecta calma, como si la tormenta no hubiese llegado hasta allí, como si por un momento el infierno se hubiese detenido a las puertas de aquella casa. B. cortó un trozo de manguera y lo conectó del tubo de escape del coche hasta la ventanilla, revisó todas las puertas, entró y conectó el motor. La niebla comenzó a bañar el interior del coche, respiró y permitió sin resistencia que invadiera sus pulmones. Reclinó el asiento y comprobó que aún tenía sangre en las manos.